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La jubilación, las pérdidas afectivas, las dificultades económicas, el aislamiento social y los cambios en las rutinas pueden influir en la relación de las personas mayores con el juego. Especialistas e investigaciones advierten que se trata de una problemática multicausal que requiere prevención, acompañamiento y una mirada que evite los prejuicios sobre la vejez.
¿Qué lleva a una persona que ha transitado gran parte de su vida a encontrar en el juego una actividad cada vez más difícil de abandonar? ¿Se trata solamente de una búsqueda de entretenimiento o, en algunos casos, puede convertirse en una manera de llenar vacíos, enfrentar preocupaciones o escapar de situaciones que generan angustia?
La ludopatía, también denominada trastorno por juego de apuestas, no es una problemática exclusiva de adolescentes y jóvenes. Las personas mayores de 60 años también pueden desarrollar comportamientos de juego problemático, aunque sus circunstancias personales y sociales pueden ser diferentes.
En esta etapa de la vida, determinados acontecimientos pueden modificar las rutinas, los vínculos y las fuentes de satisfacción cotidiana. La jubilación, la pérdida de un compañero o compañera, el alejamiento de los hijos, la reducción de los ingresos y la disminución de los espacios de participación social son algunas de las situaciones que pueden generar vulnerabilidad.
Sin embargo, no existe una única causa. La relación entre el juego y las personas mayores debe comprenderse desde una perspectiva que contemple factores económicos, emocionales, cognitivos, familiares y culturales.
Durante mucho tiempo, el juego problemático fue asociado principalmente con personas jóvenes, especialmente por la expansión de las apuestas deportivas y las plataformas digitales. No obstante, las investigaciones muestran que los adultos mayores también participan de distintas modalidades de juego, desde las máquinas tragamonedas y los casinos hasta las loterías y otros juegos de azar.
Una revisión sistemática publicada en 2019 en la revista Frontiers in Psychiatry, que reunió 51 estudios sobre personas mayores, identificó tres grandes grupos de factores relacionados con el juego problemático: individuales, socioeconómicos y ambientales.
Más recientemente, una revisión publicada en 2026 en The American Journal on Addictions analizó 35 investigaciones sobre personas de 55 años o más. Entre los factores asociados con las dificultades relacionadas con el juego identificó la soledad, la reducción del apoyo social, los problemas económicos y los acontecimientos vitales estresantes.
Los investigadores también observaron que el juego puede comenzar como una actividad recreativa y transformarse en una conducta perjudicial cuando se utiliza como una estrategia para regular emociones negativas o afrontar el aislamiento.
Uno de los cambios más importantes que puede atravesar una persona después de los 60 años es la modificación de su vida cotidiana.
La jubilación implica, para muchas personas, el final de una rutina laboral que durante décadas organizó sus horarios, sus responsabilidades y sus relaciones sociales. Para algunas representa una oportunidad de descanso y disfrute; para otras puede significar la pérdida de un rol, de reconocimiento y de espacios de pertenencia.
A esto pueden sumarse la viudez, la pérdida de amigos, el alejamiento de familiares o la disminución de actividades que antes daban sentido a la vida cotidiana.
Un estudio publicado en The Gerontologist, basado en entrevistas a 31 personas de entre 56 y 85 años, identificó tres caminos posibles hacia el juego problemático en la vejez: uno vinculado con las pérdidas y el duelo, otro relacionado con la formación de hábitos de juego y un tercero asociado con conductas impulsivas preexistentes.
La investigación destacó un elemento común: el aislamiento. En determinados casos, el juego aparece como una forma de escapar del malestar emocional, combatir el aburrimiento o encontrar una actividad que permita recuperar cierta sensación de compañía.
La situación económica también puede influir en la relación de las personas mayores con las apuestas.
Los ingresos fijos, la dependencia de una jubilación, los gastos vinculados con la salud y la pérdida de capacidad adquisitiva pueden generar preocupación e incertidumbre. En ese contexto, algunas personas pueden comenzar a considerar el juego como una posibilidad de obtener dinero adicional o mejorar su situación.
Sin embargo, esa expectativa puede convertirse en una trampa. La ilusión de recuperar lo perdido o conseguir una ganancia importante puede llevar a aumentar las apuestas y comprometer recursos destinados a necesidades básicas.
Una revisión de estudios sobre personas mayores identificó los ingresos reducidos o fijos y la motivación económica como factores relacionados con el juego problemático. También registró que algunas personas utilizan sus ahorros para continuar jugando.
El riesgo es especialmente importante cuando se comprometen recursos que deberían destinarse a medicamentos, alimentación, servicios, vivienda o asistencia personal.
La dimensión cultural también merece atención. Las transformaciones tecnológicas, los nuevos lenguajes y las formas actuales de comunicación modificaron profundamente la manera de relacionarse, informarse y entretenerse.
Algunas personas mayores pueden experimentar dificultades para adaptarse a esos cambios o sentir que los códigos del mundo actual ya no forman parte de su experiencia. La pérdida de interés por incorporar nuevas herramientas, aprender terminologías o participar de espacios digitales puede profundizar la sensación de distancia respecto de otras generaciones.
Esta situación no significa que las personas mayores tengan menos capacidad para aprender ni que el envejecimiento implique necesariamente una pérdida de interés. Cada trayectoria es diferente y existen numerosos adultos mayores que incorporan nuevas tecnologías y conocimientos durante toda su vida.
Sin embargo, cuando la sensación de exclusión se combina con soledad, falta de actividades y escasos espacios de participación, el juego puede convertirse en una alternativa accesible para ocupar el tiempo, buscar estímulos o establecer vínculos.
En ese sentido, la prevención también requiere generar oportunidades de aprendizaje, recreación y participación comunitaria que permitan a las personas mayores sentirse parte activa de una sociedad en permanente transformación.
El envejecimiento puede estar acompañado por modificaciones en algunas funciones cognitivas, como la velocidad de procesamiento de la información, la memoria de trabajo y determinadas capacidades relacionadas con la toma de decisiones y el control de los impulsos.
Una investigación publicada en 2026 sobre el riesgo de trastorno por juego en adultos mayores señala que estos cambios pueden influir en la manera en que se procesa la información y se evalúan las decisiones.
Esto no significa que cumplir 60 años implique perder el sentido común, la capacidad de decidir o el control de la conducta. Tampoco permite afirmar que las personas mayores sean naturalmente más vulnerables a la ludopatía.
Lo importante es reconocer que, en determinadas circunstancias, las dificultades cognitivas pueden combinarse con factores emocionales, económicos y sociales, y afectar la capacidad de evaluar los riesgos.
También deben considerarse los hábitos de consumo y otras conductas que pueden perjudicar la salud. El consumo problemático de alcohol y tabaco, por ejemplo, puede coexistir con dificultades relacionadas con el juego y requiere una evaluación integral, sin asumir que necesariamente produce ludopatía o deterioro cognitivo en todas las personas.
No toda persona que juega desarrolla una adicción. El problema aparece cuando la conducta deja de estar bajo control y comienza a ocupar un lugar prioritario en la vida cotidiana, aun cuando genera consecuencias negativas.
Algunas señales de alerta son la necesidad de apostar cantidades cada vez mayores, la dificultad para dejar de jugar, los intentos reiterados de recuperar el dinero perdido, el ocultamiento de las apuestas y los conflictos familiares o económicos derivados de esta conducta.
También puede ocurrir que la persona deje de participar en actividades que antes disfrutaba, reduzca sus encuentros sociales o destine cada vez más tiempo y dinero al juego.
En estos casos, es importante evitar las descalificaciones y los reproches. La ludopatía no debe interpretarse simplemente como falta de voluntad o irresponsabilidad. Se trata de una problemática de salud que requiere evaluación y acompañamiento profesional.
Abordar la ludopatía en personas mayores de 60 años implica ir más allá de las apuestas y observar las condiciones en las que transcurre su vida cotidiana.
Fortalecer los vínculos familiares, promover espacios recreativos, generar actividades comunitarias, facilitar el acceso a herramientas digitales y ofrecer acompañamiento psicológico son algunas de las estrategias que pueden contribuir a reducir situaciones de aislamiento y vulnerabilidad.
La familia también cumple un papel importante. Los cambios en los hábitos, el manejo del dinero, la aparición de deudas, el ocultamiento de actividades o el abandono de encuentros habituales pueden ser señales que merecen atención.
La pregunta, entonces, no es solamente por qué una persona mayor comienza a jugar, sino qué está sucediendo en su vida para que esa actividad se transforme en una necesidad difícil de controlar.
Porque detrás de una apuesta puede haber mucho más que la expectativa de ganar dinero: puede existir soledad, duelo, preocupación económica, aburrimiento o la búsqueda de un lugar de pertenencia.
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