Columna semanal de la Lic. Inés Gomez.

“Irte cuando todavía querés quedarte
es una guerra que nadie ve.”
Irte cuando te querés ir no es una decisión.
Es una guerra.
Una pelea interna que no dura un día.
Dura meses.
Es acostarte pensando que mañana va a ser distinto…
y levantarte sabiendo que no.
Es sostener lo insostenible
solo para no aceptar lo evidente.
Porque nadie se va de un lugar donde es feliz.
Uno se va de un lugar donde se cansó de esperar.
Y no te vas por falta de amor.
Eso sería fácil.
Te vas cuando todavía amás.
Y ahí… es donde duele de verdad.
Porque te quedaste.
Más de lo que querías admitir.
Hablaste.
Explicaste.
Pediste lo básico sin querer incomodar.
Te convenciste de que “todos tenemos defectos”.
Justificaste lo injustificable.
Bajaste la vara
hasta que un día entendiste algo incómodo:
No estabas pidiendo mucho.
Estabas aceptando muy poco.
Y eso desgasta.
Eso rompe.
Eso te apaga… sin hacer ruido.
Hasta que un día…
ya no es amor lo que te sostiene.
Es costumbre.
Es miedo.
Es apego.
Y ahí… algo se quiebra.
Porque quedarte también duele.
Y a veces… duele más que irte.
Quedarte esperando un cambio que no llega.
Quedarte explicando lo que el otro no quiere entender.
Quedarte mendigando algo que debería nacer solo.
Y en ese lugar…
te empezás a perder.
Te achicás.
Te callás.
Te acostumbrás a sobrevivir… en vez de vivir.
Hasta que aparece algo más fuerte que el amor:
La dignidad.
Y cuando la dignidad despierta…
no hay forma de volver atrás.
Irte así
no es rendirte.
Es dejar de insistir donde ya no hay nada para sostener.
Es entender que el amor no se promete…
se demuestra.
Y cuando no alcanza…
no hay discurso que lo salve.
Irte con ganas de quedarte
es elegirte cuando más cuesta.
Es soltar lo que querías
por respetar lo que merecés.
Es mirarte al espejo
y no traicionarte más.
Porque a veces…
amar también es irse.
No porque dejaste de sentir…
sino porque entendiste
que sentir…
no alcanza.

Otras Noticias